[1] V. A. Sujomlinski : El nacimiento del ciudadano, Editorial Joven Guardia, Moscú, 1971, pp. 247 – 248.
30/05/2010
POR LA VIDA Y LA BELLEZA II
Educar el sentido de la belleza
Pablo René Estévez Era frecuente ver a Vasili Sujomlinski, director de escuela en la región de Kirovogrado y eminente pedagogo, recorrer con sus alumnos las estepas y detenerse a observar un pájaro, una especie rara de planta o los pétalos de una flor. Amante de la naturaleza y de la belleza de sus formas sencillas, Sujomlinski no veía mejor modo de educar a los niños, que estimulándoles el desarrollo de la capacidad de apreciación estética en relación con los objetos naturales. Según su criterio:
La educación emocional y estética comienza con el desarrollo de las sensaciones y de las percepciones. Tanto como requiere la educación de la maestría en el trabajo de prolongados ejercicios de la mano, que desarrollan la inteligencia y las capacidades intelectuales, requiere la cultura espiritual, moral, emocional y estética, de prolongados ejercicios de los órganos de los sentidos. Y antes que todo, de la vista y el oído.1
Observar los paisajes naturales en su constante mutación; apreciar los matices de sus colores; palpar los tiernos brotes de las semillas: tal era la clave de los procedimientos pedagógicos de Sujomlinski. Es decir, educar para la vida por medio de la percepción de la belleza. Si enseñamos al niño a cultivar la flor; a percibir la belleza de sus colores y la fragancia de sus pétalos –pensaba el insigne pedagogo–, no es de esperar de ese niño acciones deleznables, la traición o el mal. Pues el cultivo de la sensibilidad estética lo compulsará a establecer relaciones armoniosas (de acuerdo con las “leyes de la belleza”) con sus semejantes, con la naturaleza y con la sociedad en su conjunto.
La personalidad desarrollada estéticamente, hará gala de elevadas motivaciones éticas en su conducta cotidiana. No es compatible la coexistencia de una elevada cultura estética y un sistema de valores morales que se sitúe por debajo de las exigencias éticas de la sociedad. No es posible ser, a la vez, un individuo hermoso y tener una conducta social deleznable; sin que ello no sea visto como una aberración de su personalidad. Ser estéticamente desarrollado entraña una coherencia entre “el pensar”, “el sentir” y “el hacer”. No es coherente quien, habiendo desarrollado cierto sentido de la belleza, no luche porque ella impere en su entorno natural y social (en su comunidad), o quien siendo capaz de apreciar la belleza del paisaje, de la flora y de la fauna, no sienta un profundo amor y respeto por la naturaleza.
La vida, como es conocido, es más rica que la teoría que la refleja. Por eso, la metodología de educar para la vida por medio de la belleza, debe partir de la propia vida y no de la teoría. Sin embargo, no podemos olvidar que la capacidad de percepción estética del individuo no se desarrolla, espontáneamente, con el simple acto de vivir: ella debe ser estimulada, y en un sentido estricto, educada. De ahí el insustituible papel de la educación estética para la formación de una conciencia estética elevada en todos los miembros de la sociedad: un reto solo al alcance de un modelo educativo que se proponga, como ideal supremo de la educación, la formación integral de la personalidad.
[1] V. A. Sujomlinski : El nacimiento del ciudadano, Editorial Joven Guardia, Moscú, 1971, pp. 247 – 248.
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Caríssimo Professor:
ResponderExcluirO tema é de abordagem imprescindível,já que as crianças tendem a semear o que colhem.
Algumas sociedades aplicam as idéias de Sujomlinski e tratam de educar suas crianças para o respeito à vida e à beleza, como ocorre, por exemplo, na Índia. É consabido que os professores indianos ministram aulas ao ar livre;um modo de proporcionar aos alunos, além da teoria, a experiência bioestética.
Arrisco-me a defender que, se toda criança, ao nascer, tivesse garantido como direito fundamental o contato permanente com a Natureza, surgiriam gerações mais sensíveis e criativas,aptas ao desenvolvimento de políticas embasadas em critério de justiça ambiental, com potencial para estancar a perda de biodiversidade e demais dramas socioambientais, estes que se revelam como frutos amargos da ausência de sensibilidade ecoestética e do necessário arejamento biocentrista.
Com esperança
Ieda Denise